jueves, 17 de noviembre de 2005

 

Vilancicos en Villa Infierno

Esta pequeña historia es virtualmente cierta, o al menos lo parece por la fuente que me la refirió.

Hace unos quince o veinte años, en el crepúsculo de la edad dorada de la canción melódica española, uno de nuestros grandes intérpretes y compositores del género viajó a Colombia de visita promocional. Un par de días antes de marcharse del país, su manager recibió una oferta que no pudo rechazar; una anciana señora, madre al parecer de un procer local, celebraba su muchogésimo cumpleaños, y su hijo quería regalarle una actuación privada de su cantante favorito, aprovechando que el Pisuerga pasaba por Valladolid. Pago en metálico por el doble de lo que cobraba por una gala convencional, ¿por qué rechazar dinero fácil por cantar media docena de canciones acompañado de su guitarra?

Lo cierto es que el día previsto el cantante y su manager fueron recogidos por una especie de cruce entre tanqueta militar y todoterreno de lujo y llevados, tras lo que parecieron infinidad de rodeos, a una finca no especialmente ostentosa situada en medio de lo que parecía ser el mato-grosso, en su inexistente extremo colombiano. Entraron por una puerta secundaria y fueron conducidos directamente a la estancia habilitada como camerino, lo que les pareció de una dudosa educación, ya que aquello era una fiesta y al fin y al cabo ellos estaba allí haciendo un favor, bien pagado pero favor al fin.

Una vez instalados, entró quien podía ser un asistente o asesor del contratista y les saludó afablemente, les rumió su admiración y les hizo una petición.
- Ya sé que aun quedan lejos las navidades, pero nos encantaría que, en algún momento de la actuación, cantara un villancico. A la señora le encantan los villancicos, y a los chicos también.
Para el cantante aquello era ya demasiado.
- Mire, yo tengo mi repertorio, y me gusta elegir lo que canto, lo hago en el Madison Square Garden, y no voy a hacerlo aquí.
Su interlocutor se quedó boquiabierto, repitió brevemente aquello de "Nos encantaría" y se marchó. Al rato, regresó un gemelo anterior, quizás algo más grueso, y más moreno.
-Mire, la señora es muy mayor, los chicos, con tanto trabajo, no saben con quién, ni como van a pasar las navidades; nos gustan mucho sus canciones, pero nos ENCANTARIA escuchar un villancico.
Y se marchó.
El cantante entró en cólera y el manager le dijo que aquello se había acabado, que saldría, anularía el contrato y regresaban al hotel. Dicho y hecho. A los cinco minutos regresó, demudado, un tanto pálido, quizás por el contraste con la persona que le acompañaba, un colombiano chaparro, oscuro, serio hasta un punto que parecía imposible que de su cuerpo pudiera salir el rastro de una voz.Y el manager le dijo esto:
- Mira, este es Juan. Se sabe una canción navideña colombiana, preciosa, muy sencilla, son cuatro parrafitos. Anda, aprendetelá en un momento, sales y la cantas. Luego cantas las tuyas y nos vamos.
Y en ese momento Juan empezó a cantar con una voz pequeña, tosca, infrahumana pero no exenta de emoción. Y el cantante, que no había visto nunca a su manager con una expresion de pánico similar -y se habían visto en situaciones muy jodidas, en NY, en Buenos Aires, en Santiago, en aquellas primeras galas en las provincias españolas, cuando aún no era nadie y no era fácil exigir ni siquiera lo lógico- se aprendió la canción, por si acaso.

Cuando salió al escenario, un escenario hecho con cajas de embalaje pero cubierto por lujosas alfombras, pudo ver a un señor de expresión, podríamos decir, expectante. De su mano, una señora de beatífica imagen. A sus veras, lo que podrían ser las personas más serias y enfadadas de todo Colombia, por su expresión, sus atuendos, sus gafas negras a pesar de la oscuridad. Y sobre ellos, guirnaldas, bombillas de colores y una pancarta: "Felicidades, mamá Escobar".

El cantante cantó aquella pequeña canción colombiana, cuenta quien nos lo refiere, con la entrega de quien recita una oración. Su devoción fue agradecida por la audiencia con una reacción inesperada; aquellos hombres duros, feos, y entre los más temidos de Colombia y perseguidos por la élite de la policicía interplanetaria, se pusieron en pie como uno solo y, entrelazando sus manos en alto, le acompañaron en un coro como nunca había tenido otro. El cantante, quizás conmovido, dio un sobrebio recital con sus mejores canciones que decidió cerrar, en un gesto inesperado, pero muy apreciado por la concurrencia, con un par de villancicos españoles, los que le cantaba su madre cuando era pequeño, a la que, contó, había recordado mientras cantaba aquellas canciones. En realidad, en aquella media hora había recordado, como en flashback, toda su vida, pero eso no lo dijo porque podría haber sido malinterpretado como una desconfianza hacia sus anfitriones. La despedida, lógicamente, fue mucho más cálida que el recibimiento, destacando la del anfitrión, que se mostraba conmovido hasta casi las lágrimas, y decimos casi porque no es fácil apreciar cuando un hombre con gafas oscuras, y en un interior, llora.

El cantante siguió con su carrera, que tuvo altibajos, pero ni en el peor de los bucles negativos volvió a aceptar un contrato para una fiesta privada. Sería por no empañar los recuerdos de aquella, que considera, en ciarta manera, un hito en su trayectoria.

Muchos de aquellos hombres no volvieron, es cierto, a escuchar canciones navideñas. Otros lo hacen con nostalgia, porque como muchos compatriotas viven ahora alejados de su país, de sus seres queridos. Todo hombre se merece emocionarse al escuchar un villancico. Y para todo aquel que haya sentido miedo de otro es bueno ver como una canción puede desarmar al más fiero.

Antonio Zanini

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