miércoles, 4 de enero de 2006

 

Pueblo

Parece ser que hubo gente que se lo pasó realmente bien durante el franquismo, y si no mira los del diario Pueblo. El ajuste de cuentas de Amilibia con Emilio Romero en "El Gallo del Franquismo" le queda al final demasiado nostálgico con el viejo como para ser tal. Que curiosa, aquella generación de tipos infiltrados pero a la postre integrados en el movimiento y desintegrados en la democracia; Romero y Amilibia pero también Yale, Tico Medina, un poco menos Raúl del Pozo... Y... ellos que eran los cachondos del franquismo, ¿qué pensarán de la COPE y su meapilismo redivivo? PRISA y su apartato político (el PSOE, y esto se formula así, y no al contrario) sepultó pronto a aquellos bon vivants progri-fachas porque si les da alas aún podrían estar mofándose del posfelipismo, pero han preferido preservar a Losantos, la Schilinting esa y todos esos tipos que parece que les han nacido dentro, como polillas, a viejos uniformes de falangista o la sección femenina.

Emilio Romero tenía un despacho enorme con un sofá rojo lleno de lamparones y una bombilla en la puerta por si recibía a Sara Lezana u otras amigas. En la planta baja de Pueblo había una whiskeria. Todos escribían bien, como se escribía bien en la época, y borrachos. Echadle un ojo al libro que es curioso.

Comments:
Eso me recuerda que en uno de mis viajes conocí a un tipo que se hacía llamar Pueblo y tenía un puesto de venta ambulante de bombillas incandescentes. Lo acompañaba un mono verde que se las enroscaba en el culo y las encendía para animar a los clientes. Era muy triste porque, según me dijeron, al hombre lo había abandonado su mujer por un chimpacé que tenía antes y que las encendía con las pelotas.

Saludos interplanetarios.
 
¿tu debes estar hablando de cesitarrr, no?
 
No sé de qué me hablas pero ahora que lo dices creo que se llamaba Pietro en vez de Pueblo. De lo que sí que estoy seguro es que era italiano porque siempre llevaba el pelo ambadurnado en aceite de oliva. La última vez que lo vi me contó que se había retirado y vivía en uno de los satélites de Silvia con su madre y el mono, que por lo visto era su padre.

Saludos interplanetarios.
 
casaos ya, coño.
Que os necesitais el uno al otro como un pez el agua.
 
Lo siento mucho, señor esfínter, pero tengo que decirle que ya estoy felizmente casado con el espacio sideral.
 
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