domingo, 13 de mayo de 2007

 

Un Domingo en las Carreras

En un suspiro, me encuentro a los mandos de una máquina infernal. Pequeñas partículas se proyectan en mi dirección, haciendo líneas en mi campo de visión. Hay un ruido ensordecedor. Otras máquinas se aproximan por todos lados. Noto el sudor recorriendo mi cara. Estoy aprisionado dentro de un asfixiante yelmo. Todo mi cuerpo vibra, gracias a la máquina en la que voy montado, y que no controlo en absoluto. El pánico se apodera de mí mientras veo una mole de composites de matriz anisotrópica de fibra de vidrio estrellarse contra mi carrocería. He perdido cualquier tipo de control sobre el volante. Mi coche gira y gira, las lineas se hacen ahora espirales. Avanzo como una peonza endemoniada por una campa. Parece como si volara. Nada me puede frenar.

Voy a morir.

Un zumbido seguido del sonitono "Esta soy yo", del Sueño de Morfeo, me despierta. Todavía empapado en angustia, alcanzo mi aparato torpemente, no sin antes tirárlo al suelo. Un mensaje. Remite: "Volafone". Lo abro. Incluye una imagen, y es un individuo de aspecto retador, vestido con un esquijama salpicado de bordados multicolores, todos con un logo diferente. "Únete al equipo de Fernando Alonso, y gana 600 SMS gratis para este verano". Lo borro. Mi móvil me advierte de que he descargado 3451 bytes. No incluye a como está el kilo, pero sospecho que queda al antojo de la compañía telefónica.

"¡¡ROARRRAARRRRRiiiiiiiiiiiIRRIRRRRROOOOOOAAARRRRRRRR!!"

Por un momento, parece que he vuelto a mi pesadilla, ¡Es el mismo sonido de esa máquina!. Confuso, miro a mi alrededor. ¡Pero si estoy despierto!. Tiro de un mangazo el cenicero lleno de chustas de porro, quizas todo sea un mal viaje a causa de esos legendarios adulterantes de la materia magrebí. ¿Qué son esas voces tan desbocadas?. ¿Quién está dentro de mi cabeza, gritándo con tanto entusiasmo?. Parecen estar fuera de sí, y yo también lo estoy ahora.

La esquizofrenia era lo que me faltaba.

No, un momento. Es la tele. Me he dormido con la tele puesta. Hay carrera. No sé si es en directo o en diferido. En Tai Pei o en Montecarlo. No hay nada que me pueda interesar menos. Antes de apagar el aparato, doy credibilidad por un momento a esas voces. No entiendo lo que dicen, entre el mugido de los motores. La perspectiva cambia desde el interior de los ojos de los pilotos a una cámara fija, desde donde se ven pasar estelas de colorines durante una décima de segundo. Más o menos lo que vé el público. Apago el televisor.

Supongo que la pesadilla no ha sido más que una alucinación hipnopómpica, provocada por la sugestión de estar oyendo la carrera de coches en la TV. Desde luego ha sido muy real, me digo mientras me quito la húmeda camiseta, camino de la cocina. Alcanzo mi bol y mis cereales del Conde Chócula. Ver su vampírica nobleza en la carátula de cartón siempre me da confianzas para comenzar el nuevo día. Parece que el paquete ha caducado hace meses pero, tras una comprobación visual de la cobertura sucedaneo de cacao, aún merecen pasar mis relajados estándares de calidad. Vierto una generosa cantidad y... un momento. Giro el paquete. En la contraportada aparece el mismo tipo del mensaje, esta vez vestido de azul.

"¡Come cereales Bestlé si quieres llegar a ser como Fernando Alonso!". Miro la jactanciosa sentencia dos veces, y me hago una visión de conjunto con la imagen del tipo del mono azul, el tal Fernando Alonso. Sonríe como si tuviera ganas de cagar y solo le dejaran entrar al water haciéndolo. Tiene un puño adelantado, con el pulgar hacia arriba. En la otra mano, lleva un casco puesto en jarras. Aparto los cereales de mí. Por hoy, preferiría no convertirme en ese tipo.

Salgo al balcón a fumarme un cigarro. Me lo enciendo y aspiro el humo, mezclado con los restos de combustión del gas del mechero. Apenas lo he expulsado, mi móvil empieza a sonar otra vez. Entro precipitadamente, y en el camino me golpeo la espinilla con el canto de la mesita del salón. Sé que va a doler mucho, y espero a que los efectos se desplieguen en todo su esplendor mientras camino hacia mi mesilla. "Número privado". Me cago en tu puta madre, mientras el predecible vórtice de daño se coloca encima de mi peroné.


"Mu-mu-mu-mutua Congoleña, mu-mu-mu-mutua Congoleña". Un estándar de rockanrol suena al otro lado de la línea. Un chasquido marca el comienzo de un mensaje pregrabado. "¡No hace falta ser como Fernando Alonso para ser un buen conductor!", me revela mi inerte interlocutor. "Si tienes más veinticinco años y nunca...". Cuelgo el teléfono y me recreo en mi espinilla. De hecho, mi compañía de seguros ya es la Mutua Congoleña. Me prometo a mí mismo ir a la oficina más próxima, hacer una escena delante de las secretarias y cambiarme a la competencia.

Sé que no lo voy a hacer.

Conecto de nuevo la tele, y cambio de canal antes que el tubo de rayos catódicos se caliente. Estoy un poco mosca con el chaval este de los coches. Desafortunadamente, en Danpena 3 están en anuncios. Es una solitaria carretera. Un fastuoso Merledes Betenz se integra y se desintegra. A los mandos va alguien que me resulta familiar. Cambia la escena, y ese alguien familiar aparece en un restaurante. "Si no te lo creees, pruebalo". Dice, tendiéndome la llave de su haiga.

De tí me lo creo todo, tranquilo. Cambio el canal. Es el parte de la TEBE-2, la cadena autonómica. Están inaugurando un circuito de karts en un pueblo de la Alava profunda. El joven empresario descorre la cortina que cubre el cartel de entrada. "Karting Speed-Circuit de Villamera". Al lado, en el cartel, Fernando Alonso en efigie me reta de nuevo con su mirada. El casco en jarras.

Enchufo la Guay-Steision. No soporto a ese tío, ni a los putos karts. Noto una leve, sorda, migraña. Miro al suelo, lleno de restos de patata frita, ceniza y salpicones de coca-cola. Hay algun que otro rastro de cocaina, y colillas de cigarro con sospechosas goteras requemadas. Mis amigos dejaron todo hecho un Cristo. Última vez que les invito. Ya está bien, hombre.

El sonido de la pesadilla vuelve a invadirlo todo. "¡Riaaauuunnnn, riaunnnn!". Incrédulo, veo coches renderizados adelantándose entre sí y haciéndose todo tipo de estratagemas. Una horrible música nu-hardcore comienza a acompañar las evoluciones de los bólidos. "Pro Evolution Prix 2007". La imágen se oscurece, y la música se para. ¡Barrrruuummm!. Un guitarreo de trash-metal hace temblar los cuadros. Aparece, en medio de flashes, el hombre del mono de colorines. No doy crédito a lo que veo. El volumen de la consola está a tope -> El hijo puta me está retando otra vez. De repente, noto un intenso dolor en la superficie de mi cabeza. Es inaguantable. ¿Qué me ha hecho ese maldito hijo de perra?.


Las vibraciones han provocado que se desprendiera un aplique de la lampara, que ha ido a dar a mi melón. Sangro como un marrano. Cojeando, me acerco al water. Me curo la herida como puedo. Noto palpitar la sangre alrededor del corte. Me aplico Mercrolina sin poder evitar que algunos cabellos se entremezclen con la carne desollada y los restros de sangre. Esto no tiene buena pinta. Voy a bajar a desayunar y a calmarme un poco.

Todos miran a un punto determinado encima de la puerta. En una mano, el zurito y el cigarro, la otra, crispada por la tensión. Me da reparo entrar, ¿se habrá declarado otra guerra en un pais remoto?. Al abrir la puerta lo comprendo todo. El sonido de la pesadilla. Ni siquiera me digno a mirar a la pantalla. Pido un Coba-Cao. El camarero apenas me hace caso.


Espolvoreo el sobre y lo remuevo, mientras intento no oir la tele. Miro de reojo a la parroquia. De repente, mi mano se aparta del vaso. Grito como un gato al que le han pisado el rabo. Me he escaldado. "¡Huy, disculpe, no... no... estaba atendiendo. Es que, está Raikonen en boxes y...!".

¿Y...?.

No acaba la frase, sujetando la jarrita de leche hirviendo entre sus inmundas zarpas. Me tira un trapo, sin dejar de mirar la pantalla. Chupo mis dedos y espero a que se enfríe la leche. Todos parecen hipnotizados. Un momento. Todos vuelven a hablar. ¡Sus cuellos están girando!.

Pausa publicitaria.

"¡Como le ha adelantado!". "Está sacándole poco partido a la mezcla baja en carotenos". "La curva Martinello no hay que trazarla de dentro-fuera, eso lo sabe hasta el casao de la manteca". "Sin duda, Alonso lleva las mejores ruedas y los mejores mecánicos, saca dos décimas por parada en boses". Miro a la tele. El volumen está increiblemente alto todavía, y junto con las juiciosas voces, parece un concierto de psico-tortura. El anuncio, con una profunda voz masculina, comienza un discurso angustioso.

"No puedes tener una forma física perfecta. No puedes correr a 300 Km/h. No puedes dominar tus nervios. No puedes viajar por todo el mundo... ¡pero puedes usar el nuevo Blackberry 3GM de Volafone para ver a Fernando Alonso hacerlo por tí!".

Es lo máximo.

Noto cada latido de mi corazón repartido entre la espinilla, la herida de mi cabeza y la quemadura de mi mano. Una nausea me sube desde el estómago. Noto un vértigo sobrecogerme. El silencio se ha hecho en el bar, y noto el mismo vacío que si cayera desde un rascacielos. La carrera vuelve a empezar. Cojo mi vaso de leche hirviendo y lo tiro contra la pantalla de plasma, que se chafa entre chispazos.

No he sido yo.

¿He hecho yo eso?. Al igual que los demás, miro la pantalla y su negra herida abierta. ¿Ha habido una especie de explosión y estallar de cristales?. No podría decirlo. La imagen es fascinante. De veras es alta definición. Una cicatriz recorre la pantalla. De ella mana la leche, que gotea penosamente hasta el suelo. Un pedazo de cristal se descuelga y cae patéticamente. Todo es silencio y bocas abiertas. Es un espectáculo cautivador. Yo no he podido hacer todo eso. "¿Pero tú de que vas?" me hace volver a la realidad. El silencio es encantador, sin motores violándolo.

Todo pasa en un segundo.

Caigo en la cuenta que tengo una resaca terrible a causa de las drogas del día anterior. Es curioso, pero no me había enterado hasta ahora. Estoy ya fuera de mí, en modo espectador. A ver que pasa. Todos me miran, es un nanosegundo. Y al siguiente, todos vienen encima mío. Es como una tormenta, y yo estoy en medio. Mi cuerpo se intenta proteger bajo los árboles, pero de sus ramas llueven más hostias. Parecen las galeras, y parece que los golpes van al ritmo del tambor de un trierarca invisible. Casi me divierte verlo. Gano centímetros poco a poco, según se abren pequeños claros entre la masa. De vez en cuando una patada me alcanza en la cara, y dejo de ver por donde va ese tipo que se supone que soy yo. Ya no ve nada.

Una mano tendida.

Ahora estoy de nuevo dentro de mi camisa. Tengo que agarrarme a esa mano o no saldré de esa golpiza. Alguien me quiere ayudar. Noto la sangre caer de la herida de mi cabeza, abierta de nuevo. Cojo la mano, la cojo con todas mis fuerzas. Sácame de aquí, quien quiera que seas, angel mío.

Algo no va bien.

La mano no es blanda, ni acogedora. Es bidimensional. Levanto la vista como puedo, y me froto los ojos, entre más golpes, que ahora duelen sobre el dolor. La mano es de cartón. Es la mano de Fernando Alonso de cartón. Es una efigie a tamaño natural. "¿Vas a aceptar el desafío Cuckler 0,0?".

Fernando Alonso sonríe, retándome, vestido de vikingo. Me está guiñando un ojo.

Esta vez te veo el envite. Agarro el cartel con todas mis fuerzas y lo lanzo hacia atrás. Mis amigos se confunden por un momento, que aprovecho para salir del bar, me he golpeado con la pared. Los tifosi me persiguen, pero encorvado, aún conservo mi prodigiosa velocidad. Parece una mala imitación de Benny Hill. Me siguen con instintos asesinos. Su tele de plasma necesita venganza. Quieren su carrera. Raikonen estaba en boxes, joder. Y no lo han visto gracias a mi vasazo.

Salto una pared. Estoy en una huerta, ahora otra. Paso las vías del tren. Recorro el subterraneo. Me meto en una obra. Ya no se les oye. Probablemente se han metido en otro bar. Ya no se acuerdan de mí. Yo sí, y preferiría no hacerlo. Me duele todo el cuerpo, sin la excepción de un centímetro. Camino poco a poco, informe de daños. Scottie dice que lo que peor está es el espinazo, centro de la mayor parte de los golpes. Me lo palpo con los dedos y, como en el chiste, no se si me duele la espalda o son los dedos con que me toco. Probablemente son ámbos.

De repente un pitido hace que me olvide de todo. Estoy en medio de la carretera. ¿Como he llegado aquí?. Me apeno de mi infinita mala suerte, es un Regault Megano azul oscurito, del mismo color del mono que tenía Alonso en mis cereales. Su sistema de frenada servocontrolada Tiritrone EPS no va a funcionar a tiempo.

No todos somos Fernando Alonso, me digo con tristeza.

Lo único que puedo hacer es poner un poco de postura antes del impacto. Ya está. Se levanta un montón de polvo. Una mujer emite un agudo chillido de roedor. Un señor que pasaba por allí un tosco juramento. El parachoques contacta con mi pierna, y mi tronco con la chapa. Es casi hasta blandita. ¿No ha sido tan fuerte?.

Desde luego que no. Me ha revitalizado. He entrado en un fabuloso jardín, y cabalgo encima de un poni con melena rosa. Las ardillas me saludan, y toco miles de estrellas con la mano. Estoy totalmente recuperado, camino de mi palacio. Entro al patio de armas y hay mucha gente esperándome, todos aplaudiendo. Bajo de mi caballo en mi reluciente armadura bruñida. De repente todos hacen "¡Ooooohhh!", y se giran.

Es el Caballero Negro y acaba de entrar en mi palacio por el portón. Se baja del caballo enfrente mío y se levanta el yelmo.

No es otro que Fernando Alonso. Saca una alforja con un gran logo estampado, "Johnnie Igualker". Comienza a regalar botellas de bebida espirituosa a los plebeyos, sonriendo.

Esta vez la has cagado, tío listo. Echo mano a mi espada y toda la gente grita de admiración. Mi espada es un rayo de sol. Antes que el eche mano a la suya lanzo un horrendo mandoble que lo divide en dos. De la cabeza a los pies. Estoy levantando mi acero, pero la gente no me vitorea. Miro atras. De cada mitad ha surgido un Fernandito Alonsito, que empuña una daga amenazante. Tira una galletas "Principe de Backelita" a la gente, que comienza a amarle.

Me irrita, y con un certero movimiento, corto a ambos enanos con mi espada. De cada uno salen dos Fernandititos Alonsititos. Comienzo a matarlos, uno a uno. Solo obtengo miles de Fernanditésimos Alonsitésimos por doquier. Es una alucinación. Estoy alucinando. Es horrible.

"¡Shaval!, ¡shaval!, ¡Dispierta!". Algo me golpea en la cara. "¡Ista vivo!", dice el acento marroquí. Abro los ojos, y mi corazón se para de repente....

...es Fernando Alonso.

Su cara está pegada a la mía. Noto mi cuerpo, plenamente magullado. Y Fernando Alonso está enfrente mío. No es un sueño. La cabeza me duele demasiado para serlo. "¿Istas bien?", me pregunta Fernando. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. No me ha hablado Fernando Alonso. Es solo una camiseta con su cara. Miro dos palmos más arriba y veo los ojos de un chaval marroquí.

Sí, estoy bien. Deja que me levante.

A su alrededor hay otros chavales. Uno me ha estado tocando con un palo mientras estaba inconsciente, a ver si reaccionaba. El del coche ha huido, por lo que veo. El chaval lleva una camiseta de Fernando Alonso.

Fernandos Alonsos

Fernanditos Alonsitos

Fernandititos Alonsititos
.
.
.
.
Fernanditésimos Alonsitésimos.

A pesar de lo maltrecho que estoy, me he dado cuenta que he enloquecido. Me siento bien. Ya sé lo que hacer. Me rió, los chavales me miran, perplejos. Me rió a carcajadas. ¡Estoy loco!.

Y ya sé lo que hacer.

Agarro al chaval por el cuello y le golpeo en el estómago. Los demás chavales se echan atrás. El niño empieza a llorar, hecho una bola. "Quitate la camiseta". El chaval no hace más que llorar. Le golpeo de nuevo, esta vez una patada. "¡Que te la quites, coño!". Más hipidos, lloros y babas. Le agarro por los sobacos y se la quito yo mismo. También le cojo el teléfono móvil.

Renqueando, me voy de allí. Los chavales están boquiabiertos. No me importa, ya sé lo que tengo que hacer. "¡Holaaaa!, ¿Volafone?, ¿es la operadora?". Sonrío de oreja a oreja. Algo no va bien dentro de mi cuerpo, pero tengo ganas de sonreir. Estoy pletórico. Probablemente tenga la cara manchada de sangre. "Mire, quiero la promoción de Fernando Alonso... No, la de los 600 mensajes, bueno, no, mejor dicho, ¡pongame todas las promociones en las que esté Fernando Alonso, soy un gran admirador suyo, ¿sabe?".

Sonrío. Todo va mejor. Todo ya está yendo mucho mejor. He acertado. La camiseta del niño me queda algo pequeña, y se me vé la tolva. No pasa nada, se le ve más a Fernando.

Hay que decir que si a Fernando.

Entro al primer bar. La gente se espanta. Miro al espejo, estoy hecho un cromo. Por supuesto, la carrera está en la TV, a todo volumen. Cámara en cabina, la tensión está al máximo. Golpeo la barra, todo el mundo me mira asustado. "¡Una Cuckler 0,0!". "Y otra para Fernando Alonso!".

"¡ CAMPEÓN, que es un CAMPEÓN!". Digo, señalando a la pantalla.

La gente sonríe. "¿Quieres un fondopantalla del campeón?", le digo a un niño. Se lo mando por blutuch. "¡Eres el mejor, cabronazo!". La camarera me limpia la sangre de las heridas, mientras todo el bar se descojona conmigo. Cojo mi Cuckler y miro a la pantalla.

"¡¡A este maricón lo fulmina!!"

Efectivamente, Alonso le adelanta. La gente aplaude, y me grita cosas bonitas. Estoy mejor que nunca. Unos señores me invitan a su mesa, me golpean en la espalda y me ofrecen un faria. Lo enciendo y noto como su pestilente humo me hace sentir genial. Estoy abrazado a un hombre que no conozco, justo en el momento en que Alonso entra primero. Levanto mi cerveza y echo una vaharada de humo de faria. La gente aplaude y pasa delante mío a reverenciarme. Nunca he estado mejor en toda mi vida. La cabeza me pesa. El faria se me cae al suelo.

Me he muerto. Fernando Alonso ha ganado la carrera.


("Y ahora, pasamos a una increible historia que ha pasado hoy mismo: Un joven fan del automovilismo ha llevado su afición hasta las últimas consecuencias, ignorando las graves lesiones que había sufrido en un accidente para acudir a ver el final de la carrera de hoy a un bar próximo al lugar del atropello. Tras finalizar la carrera, el joven moría a causa de las graves lesiones internas. Se le ha comunicado la historia al propio Fernando Alonso, que se encontraba celebrando la victoria en Dubai, y ha manifestado su profundo malestar por lo ocurrido y su admiración por ese joven seguidor. Asimismo está negociando con Bag Heuer y Luego Bos la posibilidad de desplazarse hasta España y oficiar un sermón esponsorizado en el funeral del joven...")

Comments:
muy bueno
 
Tio publica ya!!
 
PERO SI YA ESTÁ EN pegamin...
si estas en Pegamin eres LO MAS.
 
Chapeau. Chapeau El Esmirriau.
 
Esto va a ser el nuevo periodismo del que hablaba Tom Güolf. La noticia contada por los protagonistas con un estilo alejado de la retorica periodistica y los convencionalismos exacerbados que anegan esta profesión.
 
jeje, zurito y cigarro en mano, ávidos de emociones
 
Joder, Javier...fíjate que yo imaginé algo parecido un domingo que estaba un poco paranoico con el sosainas del asturiano...
 
¡Amunt Hamilton!
 
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