viernes, 25 de noviembre de 2005

 

Cánovas, Rodrigo, una puta, unos yuppies, una ex-novia, y yo


Con permiso, voy a meter por primera vez la cabeza en este blog salpicado de memorias y crítica espontánea, para contar una anécdota personal que me ha venido a la cabeza de repente. Nos pasó a tres amigos y a mí hace cosa de diez años, cuando los cuatro estábamos a un paso de entrar en la universidad; esa época de reventarse granos y pasar porros y minis sentados en el suelo. La tengo como una de las cosas más surrealistas que me han pasado nunca.

Por aquel entonces yo estaba medio liado con una amiga que conservo a pesar de todo, que se llama... por ejemplo, Sandra. Habíamos quedado los dos con otros colegas de toda la vida, a los que voy a llamar Esteban y Silvio; por ocultar también sus nombres reales. Era una tarde de la segunda quincena de julio. Los cuatro estábamos ociosos, acabábamos de volver hacía poco de un viaje al Pirineo aragonés con otra gente, y toda excusa era perfecta para no quedarse en casa con los padres, así que habíamos quedado para tocar la guitarra en el parque del Retiro (menos risas, que esas cosas molan cuando eres un chaval pre-Complutense. Y el dato es importante para seguir la historia).

Me acuerdo que estuvimos tirados hacia el final del parque, pasado el Palacio de Cristal, donde hay menos curiosos y sólo podríamos dar vergüenza ajena a las ardillas. La noche se nos echó encima, y como era entre semana y alguno teníamos exámenes en septiembre no podíamos alargar mucho la cosa, por aquello de la mala ostia de nuestros padres, así que fuimos desandando el camino despacito, y nos paramos a tocar las últimas odas comeflores en una esquina del estanque, al lado del puesto de Tristanbraker. Y de paso pusimos la funda en el suelo, medio en broma medio en serio. Y estaríamos cantando el Ojalá o el No nos moverán cuando se pararon a nuestro lado tres tipos que iban de punta en blanco, como si acabaran de salir de una boda. Dos cincuentones medio calvos y altaneros (aunque no recuerdo exactamente su físico, para que el lector se pueda hacer una imagen mental pongamos que se parecían uno al señor Carod-Rovira y el otro a Juanjo Puigcorbé), y una chica rubia, alta, delgada, espectacularmente hermosa y de aspecto nórdico (talmente... Xuxa, la superamiga de los niños) que iba amarrada al brazo del primero de ellos.

Se quedaron un rato escuchándonos, con lo que debimos sufrir una inquietante mezcla de buen y mal rollo. Cuando terminamos un par de canciones, que ellos aplaudieron como si nos hubiese puesto allí el ayuntamiento para su disfrute, los dos señores nos pidieron emocionados que si sabíamos tocar alguna canción de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. No nos sonaba ninguno de los cuatro, por muy hippies que nos quisiéramos sentir. Nos tararearon un par de canciones, con los ojos humedecidos por la ilusión del momento, pero no pudimos contentarles. De repente Carod, el que llevaba a la pechugona adosada en jarras, nos dijo que se iban a tomar algo por ahí, que si queríamos ir con ellos a rondarles con la guitarra, por los viejos tiempos.

Nos miramos con la cara de sorna y asombro que el momento requería, pero aceptamos la oferta. Llamé a casa desde una cabina de la calle Alcalá, inventándome alguna excusa, y mi padre me dedicó todo tipo de insultos, amenazándome con echarme de casa de una patada en el culo y todas esas cosas que dicen los padres a los adolescentes que no pasan mucho por casa (yo es que además fui un pésimo estudiante y generador de poquísimo orgullo paterno). Pero mi decisión estaba tomada, y me moría de ganas de pasar la noche por ahí con Sandra y mis otros colegas, y ver hasta dónde se alargaba la extraña situación.

Nos repartimos en los dos coches, yendo Sandra y yo de copilotos de Puigcorbé. En el trayecto nos fue informando de que eran dos ejecutivos de una importante consultora, que se conocían desde chavales, y que vernos ahí haciendo el perroflauta les había traído recuerdos y una cosa llevó a la otra. El tipo parecía nervioso, de todas formas.

Nos llevaron a una de las terrazas del paseo del Prado. Uno de esos chiringuitos isabelinos y neoclásicos por los que parece que no pasa el tiempo, y ocupamos dos mesas contiguas pero separadas: una de adultos y otra infantil. La guitarra se quedó olvidada, apoyada en una silla. Estuvimos intercambiando anécdotas de su juventud y comparándolas con nuestro día a día. Yo jugaba a intentar atisbarle un pezón entre los pliegues del escote a la impresionante rubia, que no abrió la boca en toda la noche. Sólo reía esporádicamente. Cada vez que se la trataba de meter en una conversación, hacía aspavientos, elevaba las cejas y acuchillando el castellano lamentábase de lo poco y mal que sabía hablarlo.

Escuchábamos las batallas de trinchera de los dos ejecutivos y nos partíamos de risa con sus opiniones políticas, sus carreras delante de los grises o lo que coño fuera, que tampoco me acuerdo muy bien. Sí recuerdo que nos comportábamos como si hubiésemos sido invitados a una recepción de la princesa de Mónaco, pero sin poder evitar el jolgorio infantil propio de cuatro tardolescentes fumados de vacaciones. También recuerdo que Carod pidió para nosotros dos botellas de espumoso. De hecho, la conversación con el camarero fue algo así:

- Disculpe, ¿cuál es el champán más caro que tiene?
- El champán Noséqué. Y también tenemos cava Nosécuántos.
- Pues tráigame una de cada.

Entre copas con burbujas y elegantes vasos anchos de Baileys nos dieron más o menos las tres de la mañana. Estábamos permanentemente alucinados, mirándonos de reojo, muertos de risa y coincidiendo en el baño para comentar la jugada. Aquello era extrañamente excitante. En un momento dado, Sandra me contó agunos detalles incómodos a añadir a la situación: en uno de sus paseos al WC con Xuxa, ésta le contó en perfecto castellano que Carod estaba de rodríguez y la pagaba una pasta por pasar el mes con él; que era una puta de lujo soviética que llevaba todo el verano haciéndose la tonta y fingiendo no entender ni papa de lo que la decían, por precaución y también por interés; que nuestros anfitriones se estaban metiendo todo Colombia por las narices, y que si queríamos; y que mejor nos fuésemos de allí pronto, que éramos muy jóvenes y la cosa podía ponerse incómoda para Sandra.

Todo esto a nuestras inocentes almas inmortales no se nos había pasado por la cabeza, pero ahora resultaba pasmosamente evidente. Así que decidimos irnos a las primeras de cambio. Era una putada, porque no podríamos entrar en ningún otro bar ni comprar bebida, que el mayor de nosotros tenía 17. Además era muy tarde. Llegó el momento en el que nos ofrecieron ir a casa del Carod a seguir bebiendo y a escuchar música, que les debíamos unos guitarrazos. Aprovechamos para disculparnos y dar la velada por acabada, siguiendo los consejos de la meretriz. Antes de irnos, Puigcorbé, que ahora me caía infinitamente mejor que el otro putero tripudo y cocainómano, me dijo que si quería le dejase mi dirección, que me mandaría una cinta de Cánovas, Guzmán y los otros dos mendas. Como a veces soy más tonto que Pichote, y por hacerme el valiente delante de mi Sandra, le apunté mis datos completos en una servilleta.

Nos fuimos.

La verdad es que un par de días antes de aquello Sandra y yo habíamos decidido cortar, porque las vacaciones pirenaicas, 24 horas al día juntos y revueltos, habían sido demasiado densas, y nos conocíamos demasiado, desde los 10 años, como para meternos en fregados. Nos seguíamos viendo porque somos del mismo grupo de colegas de toda la vida, y era inevitable. Y por la tensión sexual. Pero no estábamos precisamente enamorados el uno del otro; era casi como liarme con una prima. Pero ya se sabe que tiran más dos tetas que dos tanquetas, así que cuando dejamos a Silvio y a Esteban en la puerta de un taxi, ella y yo nos fuimos hacia Cibeles a coger los búhos, parándonos en casi todos los bancos a hacer cerdadas. Esta parte sí que no tiene nada que ver con los hechos, pero qué cojones, me trae también muy buenos recuerdos, y la historia estoy contando yo.

Llegamos a Cibeles, y nos sentamos en uno de los repechitos de césped a dejar pasar un autobús tras otro, intercambiando fluidos marrones con burbujas. Y por si la noche no había sido suficientemente surrealista, todavía nos iba a tocar vivir otro episodio esperpéntico. Sandra y yo tenemos decenas de estúpidas e insulsas anécdotas a nuestras espaldas, por desgracia, de indigentes, yonquis y ancianas seguidoras de Diógenes que se nos pegaban como lapas por aquel entonces. Pero precisamente esta agitada a noche se nos vino a presentar, a cortarnos el rollo y acojonarnos para lo que quedaba de semana, el tipo más extraño que me he cruzado nunca. Estábamos ahí en el césped tan ricamente, como decía, casi cuando estaba amaneciendo. Y nos llega un tío joven, delgado, demacrado, con chándal y una enorme bolsa de deporte. Se sienta al lado, y nos dice que si le pasamos el porro. Debía haber devorado algún alucinógeno, porque estaba todo el rato con la risa nerviosa, contándonos su vida y tocando los huevos. Hasta que en un momento dado nos dice que muchas gracias por hacerle caso, que está tirado en la calle, que acaba de atracar una joyería con una escopeta de cañones recortados que lleva en la bolsa y que le está persiguiendo la policía. Aquello era demasiada diversión para una sola noche. Los dos estábamos casi seguros de que era mentira; sobre todo, porque las joyerías llevaban casi doce horas cerradas, y era la enésima insensatez de tinte fantástico que nos soltaba. Parecía querer llamarnos la atención como fuera. Pero aún así, y por si acaso, por supuesto decidimos decirle que lo pasara muy bien, que cogíamos el sombrero y el bastón y nos íbamos de allí. Y nos fuimos de allí.

Pues esa es la historia. Cuando después se la contamos a la gente, casi nunca nos creyeron, así que hace mucho que dejamos de contarla. Supongo que, si alguien se ha leído esto, también pensará que me lo he inventado todo; no tanto porque sean cosas increíbles (que tampoco fue una cosa espectacular, pero a esas edades uno es muy impresionable), sino porque es demasiado peliculero. Demasiado Andreu Martín, demasiado Jordi Serra i Fabra, hasta un poco José Ángel Mañas. Jovial, kamikaze, extraño y manoseadamente tópico. Y todavía más, contado como lo he hecho, un poco como si fuese una fábula de Esopo, con personajes tipificados e intentando darle ritmo y ornamentarla para su mejor digestión. Pero juro que pasó tal como aquí arriba lo pone, salvo patinazos de la memoria.

Ah, sí, a los pocos días me llegó a casa un sobre acolchado con una cinta de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, acompañada de una carta de agradecimiento, de disculpas por los malentendidos y de buenos deseos para cuando fuésemos mayores y nos pesara la nostalgia tanto como la panza.

Comments:
Muy buena la historia, Fruno. Lo de menos es si es verdad.
 
Gracias. Pero como hay gente que todavía presta atención y valora el rigor, debo decir que lo es. Aunque puede que si no lo fuese diría lo mismo...
 
ME GUSTA TU HISTORIA!! REAL MENTE FASCINATE Y SUPER FUNNY!!! DE LUJO Y ESO D KE NO ES MUY CREIBLE NAAA DEJALO AUN LADO!!! TA REBUENA ATT: BECHA MUJER
 
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