lunes, 26 de diciembre de 2005

 

La Natividad del Señor (y otras porquerías).

Sigo creyendo en la Navidad. Al menos como excusa para mirar atrás. También sigo creyendo en la libertad de los pueblos, en la bondad humana, en que quedan buenos discos por ahí y en la santidad de mi novia. Sigo creyendo que aún hay oportunidades para hacerlo todo. Que la vida es muy larga y que el tiempo está de mi lado. Que hay algo bueno en la galaxia que cuida de nosotros, una especie de buen rollo que a veces nos hace putadas, pero solo por la tele. Mi madre me ha regalado un jersey de Tommy Hilfiger color verde lechuga, con un jaspeado multicolor. Es tan feo que por fín he conseguido espantar a los pájaros que cagan en mi balcón. Mi hermana, que ha sido la primera que ha abierto el paquete por equivocación, ha muerto consumida como el nazi en la peli de "Indiana Jones en busca del Arca perdida". Aún así, sigo creyendo en la necesidad de decirle a mi madre que me ha gustado mucho.

Sigo creyendo que todo vá a peor, pero que yo custodiaré las cosas buenas. Sigo creyendo que cada día soy más guapo y estoy más cachas. Incluso sigo creyendo que aún me puede crecer la polla. De hecho, ya no me entra en los calcetines. Sigo temblando por el mazazo de la vida, sigo asustado porque nada me dá miedo. Sigo queriendo ser capitán pirata, piloto de aviones y reportero de mil guerras. Cada vez me paso más tiempo en mi habitación intentándolo.

Sigo creyendo que todo esto merece la pena por una mujer, lo que me pasa es que no sé cual és precisamente. Y lo que es peor, tampoco sé cuando me voy a enterar. Por si acaso sigo creyendo que es mejor intentarlo. Aún me siguen doliendo los tres o cuatro adioses de siempre, son como un saquito de muelas que tengo dentro. Cada día me duele una diferente, cada día echo de menos un portal diferente, un beso diferente. La verdad es que las echo de menos, a mis muelitas que ahora están ahí metidas. Eran de leche, muy inocentes la verdad, pero cuando aún las tenía y masticaba la vida con ellas, me sabía mucho mejor.

Sigo tan perdido como ayer. Todavía estoy esperando que en algún momento aparezca el apuntador, chistándome desde el borde del escenario, indicándome un letrerito con las palabras correctas, con lo que tengo que hacer. Por eso, como siempre, sigo mirando al suelo, aunque ya no me creo lo que otros dejaron escrito allí, solo porque tuvieron que agacharse para hacerlo.
De todas formas, me sigue dando igual el público, porque, aunque todavía siga algo deslumbrado, me he dado cuenta que son iguales que yo.

Sigo creyendo en la Navidad y en que a Sabrina se le escape una teta. En las cocochas y en la puta gula del norte. En el champán y en que en Nochevieja me lo pasaré tan mal como siempre. Sigo pensando que no ha merecido la pena todo un año más. Sigo creyendo que mi padre es demasiado bajito y tiene demasiada cara de vasco como para ser un Rey Mago. Jesús ha nacido de nuevo, en nuestros corazones y de nuevo se ha encontrado en una cuadra maloliente. En el mío, al menos, está María, para taparle cuando ya es de noche.

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