viernes, 13 de enero de 2006

 

Atrapado en el tiempo

A uno de los mejores amigos que he tenido nunca le ha salido un trabajo en una cantera en un pueblecito de Francia, que no puede rechazar. Además de que en su sector la cosa está fatal y que le van a pagar el doble de lo máximo que podría soñar trabajando aquí en un puesto similar, mi amigo ya pasó un par de años en Francia hace tiempo, le encanta todo aquello y, sobre todo, no soporta vivir en Madrid. Hemos hablado de eso muchas veces, y ayer me confirmaba que probablemente vuele deshaciendo el camino de la cigüeña, por fin, en un par de semanas.

Le pasa a la mayoría de mis amigos. El que no está ganándose los fishanchips en Irlanda o en Londres está pensando hacerlo; el que no se ha comprado un piso de chorrocientos millones en un polígono residencial de las afueras, se ha ido a vivir a la casa de sus padres en la Sierra. A mí me pasa al contrario, que cuanto más tiempo pasa más convencido estoy de querer seguir viviendo en Madrid, lo más cerca posible del kilómetro cero.

Cuando somos pequeños, una de las preguntas que más nos hace todo el mundo es eso de «y tú, nene, ¿qué quieres ser de mayor?». Yo siempre decía que cantante. O "millonario", contestaba, cuando me lo seguían preguntando las amigas de mi madre entrado ya en la adolescencia. A día de hoy no tengo ni puta idea de qué voy a ser de mayor. Y eso que ya soy mayor. Me temo que debería ir teniendo algún indicio, algún plan para el futuro, alguna vocación, o ganas de algo. Y la verdad es que no. Mi vocación era la educación. Me gustan mucho los críos, y creo que se me dan bien, porque tengo para ellos una paciencia que no tengo para los adultos, y que no observo en casi ningún adulto. Ni siquiera en algunos adultos que supuestamente deberían tener mucha más maña para relacionarse con los chavales. Pues esa vocación me la mataron hace ya unos cuantos años, sucesivos directores de colegio y empresarios de toda índole.

Trabajé a pie de obra, ayudando a un señor que montaba mamparas. Fui dependiente de una pescadería y también de una tienda de quesos, he puesto copas o discos en cinco o seis bares distintos, y atendido en una cadena de restaurantes, fui portero de discoteca, reponedor de supermercado, canguro, buzoneador, pegacarteles, pipa, mozo de almacén, algo parecido a músico callejero, e incluso comparsa de los Reyes Magos en dos de sus cabalgatas por la calle Alcalá. Mientras tanto, empecé tres carreras y no terminé ninguna. En la educación no formal he trabajado en todo lo imaginable. Organicé innumerables cosas, y hasta viví dos meses en una granja-escuela recibiendo a hordas de chavales. También trabajé en dos escuelas infantiles, pero allí en vez de nómina pagan limosna, así que desistí. Pasé la prueba, en todo. Los últimos cuatro años los he pasado metido en un punto de engorde de oficina, y me salen números, teclas, corbatas e hijos de puta por las orejas. También secuestré un avión a punta de pistola para estrellarlo contra un parque empresarial. Esto último es mentira pero algún día lo haré. Cuando me pongo a pensar en estas cosas, y luego miro lo que me queda de todo aquello, y no sólo en la cuenta corriente, me sale humo por las orejas. En algún momento he ganado más dinero del que pensé que podría gastar en un solo mes, y me equivocaba siempre. Supongo que uno se queda con las anécdotas y con la gente que conoce, y que intenta conservar si merecieron la pena. Mi madre dice que al menos cada vez hago cosas más serias, y me voy dirigiendo hacia un camino en concreto. El problema es que cuando tomo caminos concretos, no doy ni dos pasos y ya estoy en un túnel largo y frío. Dentro de poco voy a dar otro volantazo, y a ver qué pasa.

Sigo sin saber qué voy a ser de mayor, y el tiempo pasa y pasa lenta e inexorablemente, y me tiene atrapado. Al menos tengo claro que quiero vivir en Madrid. Y si me voy, quiero volver. Estar aquí me hace feliz y me llena, mientras pueda escaparme y volver. Como decía, a muchos de mis amigos les pasa lo contrario. Casi todos los de mi edad tienen una preparación, y su futuro no es aparentemente una trampa tras otra, como en mi caso. Pero tienen en la cabeza continuamente una presión, una comezón y una amargura tremenda, porque no están a gusto con nada de lo que hacen, desde que se levantan hasta que se acuestan, porque odian esta ciudad de muchas maneras.

Así como mis amigos sienten que están en un lugar que no les corresponde, yo tengo siempre la sensación de que estoy en un tiempo que no me corresponde. Yo querría haber nacido en 1452. Y eso es peor, porque no tiene ningún remedio.

Comments:
aquí me tienes a mí sin dormir y preguntándome qué carajo hago delante de un ordenador.
 
muy inspirador, fruno, y lo digo en serio, solo tienes que ver que me he puesto a escribir uno igual. snif!

pdta. ender, por favor, tu NO.
 
sisisisi, por supuesto que sí
 
ME ABURRO...


Fuera coñas, bonito y sentido texto.
Al menos tienes claro eso, que te gusta vivir en esta ciudad-mausoleo de Gallardón.

Salute
 
Normal que quieras vivir en Madrid, como todo el mundo, porque Madrid es lo más grande del universo. Yo también era de esa teoría, de vivir en pleno Malasaña, pero he cambiado de parecer. Donde estoy ahora mismo estoy de lujo. Imaginate lo que tiene que ser vivir en Barcelona o en Bilbao con esa presión nacionalista y con esos idiomas tan raros...
 
En Bilbao se vive bien, Glen.
 
Puede....

Me quedo en mi barrio.
 
Sr Fruno, sospecho que le doblo la edad. Trabajo para pagarme mis vicios que son mas o menos los mismos de todos los lectores de su blog. Todavia no tengo la mas puta idea que hacer con mi vida. Y ya no me importa. Siga adelante, que en cualquier momento una editorial inteligente le monta el blog completo en una edicion ilustrada de las mil putas y todo se aclara. abrazo
 
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