martes, 19 de agosto de 2008
Iconos Pegamin: Las tetas

Y no es que el fenómeno se circunscriba a grupos de edades concretos, determinadas condiciones económico-culturales o sensibilidades especiales: unas tetazas vuelven gilipollas a un currante de la Osram, a un Lord en horas bajas, al administrativo medio español y al campesino birmano más cetrino. Es ver un escote rebosante, una pezonaga bien definida o un canalillo lustroso y te vienes arriba aunque estés pasando una etapa difícil. Son momentos mágicos (en el más amplio sentido de la palabra: si Crowley tenía razón con lo de la magia sexual estos ratillos le convertirían a uno en Pepe Carroll). Durante la fugaz visión, unas idelizadas y metafóricas manos apartan bruscamente todas las preocupaciones de la vida diaria de la no menos metafórica mesa de cocina que es nuestra mente para, sin pausa, colocar a la señorita de cuyo pecho cuelgan las mentadas mamellas en dicha mesa y poseerla en un ángulo tal que nos permita, sin que una también metafórica lumbalgia nos joda el pasodoble, ver oscilar ritmicamente las tetacas y dar azotitos en ese culete no menos referencial. Todo esto, al igual que desfila la vida en el Visor de diapositivas del Windows Mental por la mente
del moribundo, sucede en milésimas de segundo, apenas un chispazo, pero te queda un cuerpecito y un puntillo que una cosa es decirlo y otra es verlo. Y es que, hay más vidilla en un escote que en El Divino de Ibiza. Y esto, queridas amigas, puede pasar en cualquier capital de provincia, durante una primavera benigna, tantas veces como señoritas se le crucen a uno en su periplo. Tanto es así que se han dado casos de alzheimer durante 10 minutos, sofocos, comportamiento errático, pérdida de control de esfínteres y palotismo espástico realmente preocupantes. Lo jodido, estimadas feministoides, es que es imposible de controlar. Ya puede uno estar enterrando a su anciano padre, intentando conquistar al amor de su vida, impresionar al Director General de su empresa o encandilar a sus suegros: todo intento de control, seriedad y disimulo fracasan estrepitosamente mientras la cara de uno se transmuta en la de Homer cuando ve una rosquilla. Los más hábiles y contenidos consiguen no perder totalmente el hilo de la conversación mientras, como un camaleón o una mosca del vinagre, giran el ojo 180º para seguir a la jaquetona mientras, en el lóbulo frontal del celebro, una minirréplica de uno mismo, vestida de rojo, con cuernecitos y pezuña hendida, anota otra en el Abaco de las pajas pendientes y se frota las manos porque nos acercamos a otro Zara. 
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lunes, 3 de diciembre de 2007
Mucho más Expocómic
Pensamiento 1 (expresado en voz alta): me cruzo con una pandilla de adolescentes puros (no tardoadolescentes como ustez y yo ni púberes precoces, adolescentes adolescentes de 17 años...de los que adolecen, vamos). De buen rollo han escogido disfrazarse de espartanos, o lacedemonios (bueno, viéndoles comportarse - hablo de los de la peli- y guiándonos por su rollo sería más acertado decir lace-demonias , y es que, como dijo el otro, hoy en día los más machirulos están el lado oscuro). Concretamente los espartanos de Leónidas. Ya saben, los 300. Estos eran bastantes menos. Y bastante menos espartanos, desde luego. Imagínense el cuadro: 10 chavales, escurridos, con menos hombros que Ian Dury, cutis brillante (puritito Copertone), pechito-paloma, con su capita roja, su taparrabos (taparrabitos, juraría) y a lo Fruno, con sus sandalias. Una mezcla entre Gabino Diego y Eduardo Gómez. Algunos incluso gordo-flacos (dícese de la persona enjuta que, sin embargo, luce bartola o barriga). Delgaditos, con el pelo grasiento y su cinturón de bacon. Esas tripitas que anuncian lo que ha de venir en un par de lustros para quedarse. Ahora un pequeño cordón de silicona, apenas, en la región abdominal. Mañana, un viaje con todos los gastos pagados a Gordilandia. Como les decía, físicos muy agraciados para cualquier otro cosplay pero no para éste. Resultado, un puñado de gente muy joven, hablando muy alto y con la piel de gallina. En un aparte, uno de ellos, cansado, sentado en el suelo y leyéndose el cómic de regalo con la entrada. Paso a su lado. Me paro.Yo: "Oye"
Joven espartano: "Sí?"
Yo: "Hay que hacer más abdominales, guerrero"
Joven espartano ruborizado: "(...)"
Mi acompañante: "Ya te vale"
Yo: "Si no lo digo, reviento"
Pensamiento 2 (interiorizado): en el stand de mi tienda de cabecera. Charlo con los dependientes. Se acerca una joven con dos tetas como dos planetas pequeños. Se pone a pegar hebra con uno de ellos. Todos nos callamos, miramos sus tetazas, nos miramos a los ojos y nos maravillamos del milagro de la vida, la femineidad y los cuerpos cavernosos de la polla. Dejo volar mi imaginación. Echo de menos a Ender para el plan que se me ocurre: aprovechando su pequeño tamaño, pintarle de purpurina, darle una tabla de surf y mandarle a que dé a la chica el siguiente mensaje:"Me llamo Norrin Radd, y soy el herado de Galactus, el devorador de mundos. Habiendo rastreado el universo buscando planetas que puedan saciar el hambre de mi señor hemos encontrado factible que el Divino se alimente de estos dos planetas gemelos que gravitan en tu torso. Disponte a ser asimilada y fagocitada por Galactus".
En este momento, con el casco de la moto debidamente customizado me presentaría y ñasca....
La presencia de mi señora, la no presencia de Ender, y el hecho de que la joven era fan del manga y no de la Marvel me hizo desistir.
Sigo hambriento.

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