
Tetas, tetazas, berzas, mamellas, globos, domingas, peras (y demás sinónimos del campo semántico de las frutas y verduras:
brevas, melones, limones, cebolletas...),
lolas (
y pascualas y manolis),
flanes, gomas, pilongas...tengan por seguro que cuando algo genera tal cantidad de sinónimos (aunque sea en germanía) en el ámbito de una lengua es porque suscita un gran interés para el hablante (hagan la prueba con otro hobby como la droga y verán). Las
tetas ejercen una fascinación casi mística en las personas humanas, especialmente en las de género masculino y tendencia heterosexual. Su importancia es tal pueden, incluso, hacer tambalearse imperios. Sirven para alimentar, dar calor, provocar complejos, cortar la respiración, depositar la semilla, dar solaz al viajero, proporcionar estructura para un escote palabra de honor e, incluso, conseguir que te pongan un piso. Hombres y mujeres, grandes y chicos, con o sin estudios, todas las personas de todas las nacionalidades, incluso los
murcianos, tienen, o han tenido, una relación especial con un (o más) par de tetas. Y aquí no hay vuelta de hoja: émica y éticamente un par de brevas hacen más compañía que una reala de perros.

Y no es que el fenómeno se circunscriba a grupos de edades concretos, determinadas condiciones económico-culturales o sensibilidades especiales: unas tetazas vuelven gilipollas a un currante de la Osram, a un Lord en horas bajas, al administrativo medio español y al campesino birmano más cetrino. Es ver un escote rebosante, una pezonaga bien definida o un canalillo lustroso y te vienes arriba aunque estés pasando una etapa difícil. Son momentos mágicos (en el más amplio sentido de la palabra: si Crowley tenía razón con lo de la magia sexual estos ratillos le convertirían a uno en Pepe Carroll). Durante la fugaz visión, unas idelizadas y metafóricas manos apartan bruscamente todas las preocupaciones de la vida diaria de la no menos metafórica mesa de cocina que es nuestra mente para, sin pausa, colocar a la señorita de cuyo pecho cuelgan las mentadas mamellas en dicha mesa y poseerla en un ángulo tal que nos permita, sin que una también metafórica lumbalgia nos joda el pasodoble, ver oscilar ritmicamente las tetacas y dar azotitos en ese culete no menos referencial. Todo esto, al igual que desfila la vida en el Visor de diapositivas del Windows Mental por la mente

del moribundo, sucede en milésimas de segundo, apenas un chispazo, pero te queda un
cuerpecito y un puntillo que una cosa es decirlo y otra es verlo. Y es que, hay más vidilla en un escote que en El Divino de Ibiza. Y esto, queridas amigas, puede pasar en cualquier capital de provincia, durante una primavera benigna, tantas veces como señoritas se le crucen a uno en su periplo. Tanto es así que se han dado casos de alzheimer durante 10 minutos, sofocos, comportamiento errático, pérdida de control de esfínteres y palotismo espástico realmente preocupantes. Lo jodido, estimadas feministoides, es que es imposible de controlar. Ya puede uno estar enterrando a su anciano padre, intentando conquistar al amor de su vida, impresionar al Director General de su empresa o encandilar a sus suegros: todo intento de control, seriedad y disimulo fracasan estrepitosamente mientras la cara de uno se transmuta en la de Homer cuando ve una rosquilla. Los más hábiles y contenidos consiguen no perder totalmente el hilo de la conversación mientras, como un camaleón o una mosca del vinagre, giran el ojo 180º para seguir a la jaquetona mientras, en el lóbulo frontal del celebro, una minirréplica de uno mismo, vestida de rojo, con cuernecitos y pezuña hendida, anota otra en el Abaco de las pajas pendientes y se frota las manos porque nos acercamos a otro Zara.

Ustedes, lectoras de Pegamin, estarán pensando: "mi churri no es así". No, es verdad. Su churri es peor porque, encima, tiene el autocontrol de un psicópata y la sangre fría de disimular una pulsión atávica que solo un par de milenios de fino barniz civilizado atempera.

En sucesivos días, en esta su bitácora amiga, analizaremos los diferentes tipos de tetas, el impacto sociológico y antropológico de las domingas en la civilización occidental, los subgéneros del porno que glorifican la teta como fetiche y repasaremos las tetudas que les hicieron soñar y les provocaron calambres en los gemelos. See you, alligator.