jueves, 29 de noviembre de 2007

 

Pateando la calle: el estanco de mi tío

El estanco de mi tío, ubicado en el agujero negro espacio-temporal de mi barrio natal, era uno de esos estancos pequeñitos y cutres que podrían albergar una escena tensa de Cuéntame, con el rojo del chaval escondiéndose de los grises o la hiperactuada Ana Duato haciendo un drama de la compra de un paquete de Tres Carabelas, Lola o algún tabaco rhinestone y ultravintage similar. Pues a pesar de que ha estado hasta su cierre con el mismo mostrador, estanterías, cristalera, paredes amarilla y retrete con runas y glifos tallados por mi mano para evitar que accedieran a nuestra dimensión una cohorte de demonios, a pesar de esto, como les digo, siempre estaba petado.



Un barrio de fumadores.
El socorrido Abono Transportes, pensarán.
Un sello para una carta de amor.


No.



Petado de gente que no compraba, solo paraba allí. Alternaba. Colegas de mi tío, familiares o frikis del barrio, una media de 6 ó 7 personas, formados en dos grupitos a ambos lados del mostrador, dejando, por indicación del Demiurgo que era mi tío, un exiguo pasillo en medio para que los clientes pudieran comprar y largarse. Que era la hostia ver como, a la manera de los buceadores extremos, les veías armarse de valor para sumergirse en el banco de tiburones tigre que éramos los que por allí andábamos. Nunca en un negocio occidental se vió tal pasar de la clientela, tal dejadez de costumbres. En éste local máximas como la del cliente que siempre lleva razón o el estamos para servirle no existían. Si en vez de un estanco fuera un país en guerra nos hubiésemos pasado por el forro la Convención de Ginebra.


Dramatización 1: Circa 1984. Una chica, de unos 19 añitos y buen ver, entra a comprar su paquete de tabaco. Dentro, los goodfellas y yo, con 12 años y muerto de verguenza.
Ruído de fondo. Conversaciones soeces. Ambiente cargado. Yo juego con un sonajerito de aquellos que te hacían la quiniela más psicodélica del mundo cuando, tras agitarlo, se colocaban por orden los daditos.



Chica: hola...buenas....un paquete de Diana (con vocecita)
Mi tío: espera un poquito, guapa...vísteis a Bárbara Rey en la tele anoche? menuda cara de guarra tiene..y esa voz, para mí que se le ha dado de sí la garganta de comerle el troncho al domador
Chica: (haciendo como señas de mus con las cejas intentando captar la atención de mi tío para poder coger su tabaco e irse)...uh? esto....
Espontáneo 1: anda que...tan joven y ya fumando....lo sabe tu madre?
Espontáneo 2: macho, el otro día me hice sangre al cagar de lo estreñido que iba...al principio me acojoné...
Mi tío: anda (a mí) vete al bar y dile a fulanito que nos traiga unos cafés
Chica: (...)
Espontáneo 3: yo creo que la Bárbara Rey es un travestil como la Bíbi Anderson
Chica: esto...
(Suena un pedo tremendo, como si alguien despedazara una sábana con las manos)
Mi tío: Diossssssssssssss....uffffffffffff....qué daño....
(Risas)
Mi tío: toma guapa, tu tabaco
Espontáneo 3: hay que comer espárragos, para poder ir suelto al baño, digo....
(la chica apenas ha llegado a la puerta, cree que está salvada, le quedan escasos centímetros para transpasar el umbral y regresar a Kansas, pero...)
Espontáneo 4: vaya culete que tiene la gachí
Todos: seguro que va a follar con el novio
(Yo embarcándome en un viaje por el país de la Verguenza Ajena. Un viaje que durará años.)


La parroquia, como verán, no tenía desperdicio. Aunque rotaban, como en el voleyball, había una serie de avatares de primer orden que solían presidir. Decanos de la franela, príncipes de la caspa como El Ruso, un enjuto señor, casi un galgo antropomorfizado, de sempiterna chamarra, gorra de cuadros y zapatillas de andar por casa, cuyo hit consistía, a una orden de mi tío, el Jefe de Pista, en enseñar a la parroquia "el condón", una especie de capuchón de goma para el pito que, años después, me han confirmado que atajaba los escapes de pis, la gotita del cachondeo. El Ruso era un personaje digno de La Colmena y parece ser que había sobrevivido a la División Azul, el invierno ruso y la eneuresis. Otro Señor de los Elfos y portador de un anillo de poder era Pepito, el espía, una especie de Peter Sellers estrábico (de ahí su mote, tenía un ojo que, orbitaba hacia el exterior, enloquecido, buscando, buscando...), con severo recorte de sus facultades y una mala hostia de campeonato, que regentaba un puesto de chuches y al que los niños del barrio puteaban sin descanso. Completando el elenco señores del barrio leyendo el As y fumando como carreteros. Entrando y saliendo, y quedándose un buen rato, el pollero, el pescadero, el de la droguería, los de los bares....


Dramatización 2: Misma época, más o menos. Es verano. La escena es igual salvo que todos llevan camisas de manga corta menos El Ruso que va con su pelliza y con las pantuflas.
Entra un chaval de unos 17 años. Camiseta sin mangas de Anvil. Pantalón de pitillo. Pelito largo por detrás. Acné.


Chaval: Hola, buenas tardes.
Mi tío: que son unos paquetes, hombre (a un parroquiano), que no valen para nada....mucho Madrid, mucho Madrid y no valen pa ná..
Chaval: me da....
Mi tío: (mirándole fijamente sin responder al saludo se vuelve al parroquiano) lo dijo el García la otra noche
Espontáneo 1: anda, anda...que tú antes eras del Madrid pero como tu chico ahora juega en el Atlethic....
Mi tío: vete a tomar por culo
Chaval: yo quería....
Mi tío: (al chaval, y ya calentito) Tú, qué quieres?
Chaval: yo quería....un fortuna y....
Mi tío: (dando un golpe de los de dominó) El tabaco!
Chaval:...y un paquete de papel de fumar Smoking....(con vocecita)

Silencio repentino. Tenso. Los que leían miran al chaval.

Mi tío: un paquete de papelillos?...toma...
Chaval:....gracias....
Mi tío: (como si no estuviera ya el chaval)...esto es para fumarse un porro de esos...este es un porrorista...

Risas de la parroquia en pleno. El Chaval, rojo como un gusiluz, esperando las vueltas.

Mi tío: (apenas se ha dado la vuelta). Si es para fumarte unos porros cómprate un paquete de Diana, que es más barato...será tonto....



Mientras, en la cubierta del Barco que me lleva a Verguenza Ajena, la azafata correspondiente comprueba mi billete y, entornado los ojos, abochornada, me dice con voz bajita: gracias por viajar con nosotros, disfrute del viaje.

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sábado, 24 de noviembre de 2007

 

Pateando la calle: Perversiones



No se equivoquen. La perversión no es hacer una pintada al estilo bomber o splint. La perversión es el mensaje. Miren en el filo superior del pétreo marco que circunda, adelantado, éste hermoso y madrileño ventanal.


"Yo estoy enamorado de mi mujer"(1)




Una boutade, dirán algunos. Una verdad como un templo, dirán los más rosas sin alterar el gesto.




"Yo estoy enamorado de mi mujer"




Ustedes, cínicos de pro (pero no en plan Diógenes de Sinope,no...más bien en su acepción "más mentirosos que Ana Obregón" y en la del Diccionario de la RAE "Desvergüenza en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables"), suscribirán lo dicho por el sector romántico del fandom (si es que ambas cosas existen en Pegamin). Es su línea de actuación, claro. Se les supone, que dijo el otro. Pero saben que ésta frase se da de hostias con el ordenamiento del universo tal y como lo conocemos. Por tanto, no siendo posible interrogar al autor y dado que no tenemos pruebas para demostrar la veracidad de tal aseveración nos decantaremos por asegurar que, posiblemente, se trate de una mala transcripción del pensamiento del sujeto, que en relidad quería informar a sus conciudadanos de otra cosa:




"Yo estoy enamorado de tu mujer"(2)




Esto ya nos cuadra más en tanto que behavioristas, españoles y varones heterosexuales.



También podría ser que, ahora que todas las modas y corrientes se reciclan, nos encontráramos con un Enésimo Advenimiento de los Cantantes Melosos y Calientachochos de finales de los 70´s-principios de los 80´s. Esos que discurrían en paralelo al Rrollo, la Movida y el Heavy Metal patrio, tipo Camilo Sesto, Iván, Pedro Marín o Pablo Abraira (lo que sería un gesto de la más rabiosamente avant-garde) y, de nuevo con los nervios de las prisas, el autor se equivocara fallando al intentar comunicarnos:




"Yo estoy enamorado de tí, mujer"(3)




Como esto último está traído de los pelos, y aunque no descartamos el factor locura, ingesta de psicoactivos o simple maldad, hemos de decantarnos por el enunciado (2) no sin un cierto pesar pero qué quieren, el mundo es así no lo hemos hecho nosotros.

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sábado, 20 de octubre de 2007

 

Pateando la calle: Perros (1)

En ese barrio (de cuyo nombre no quiero acordarme y en el que viví hasta los 23 añazos) del que les hablo frecuentemente en este Muro de las Lamentaciones que hemos levantado como un grupo de albañiles tontunos, -en ese barrio, decía- aparte de yonquis, una cabaña de enfermos mentales apenas superada por la de Ciempozuelos o Leganés, y muchos jevis, había de perros legión, entre los cuáles destacaban algunos campeones y machos alfa que, con una buena planificación, podrían haber engendrado el Perro Futuro, el amigo del hombre del siglo XXI.



Felipe

El perro más feo que he tenido la (mala) suerte de ver. Gordo, paticorto, con rabito recortado, bajito, de color blanco sucio y con la nariz rosa (lo nunca visto). Una mezcla entre Babe el cerdito valiente, una cobaya y un pony desmejorado. De pelito corto, al ras, ojos amarillentos y cara de tonto, Felipe tenía algún tipo de dolencia gástrica (hernia de hiato, úlcera péptica o reflujo) que hacía que cada vez que nos veía se acercara trotando y a un par de metros empezara con sus espasmos para terminar potando un bolo putrefacto y alienígena que nos dejaba como tributo para irse corriendo y esquivando las piedras que le tirábamos con el mismo cariño que él nos demostraba con su alimento mal digerido. Desde lejos, su dueña, la simpar Señá P., nos lanzaba una sonrisita nerviosa y balbuceaba: "está mal...pobrecito...chiquitín...Felipe". Destacar que si bien tenía la trufa rosa y el cuerpo blanco, su ojete, el ojete que nos mostraba siempre mientras corría tras echar la raba, eran extrañamente negro brillante, como si se lo hubieran forrado de látex o betún, como una flor negra que brotara en un sitio turbador.
Dado que siempre fuímos amigos de los animales, y que teníamos malísima puntería, la única posibilidad de venganza que nos brindaba la vida la ejercíamos en la persona de su balbuceante dueña, a la sazón propietaria de un kiosco de chucherías, a la que volvíamos loca pidiéndola golosinas que aún no se habían inventado como "abalasitos de fresa", "tiriñaques" o "fronskys de chocolate" mientras ella, con la risita nerviosa, mirándonos fijamente a los labios, como una sordomuda que leyera en ellos, iba poniendo la mano en los distintos botes de gominolas probando suerte, cada vez más nerviosa mientras nuestro especialista en desestabilización de kioskeras, J, impertérrito, iba moviendo la cabeza a derecha e izquierda, en un frío-caliente, o señalaba a nada en particular mientras decía: "ahí...un poco más....debajo....son azules" y a la señá P. le surgía una risita nerviosa hecha de bochorno puro mientras musitaba: "no sé lo que queréis...eso no lo tengo....es esto?". Mientras tanto, todos, ella y nosotros, nos sonreíamos con la mayor de las cortesías, poniendo cara de buenos. La confrontación duraba unos 3 ó 4 minutos intensísimos, de puritito spaguetti-western, que terminaban cuando el colega, harto ya de guiar mesméricamente el brazo de la kiosquera, elegía algo al azar (huevos fritos, nubes o regaliz) y decía: "eso es, eso". La señora respiraba aliviadísima, como la que ha pasado una prueba vital terrible y nosotros nos replegábamos a nuestro banco-cuartel en una tensa guerra fría que se rompía el siguiente día en que a Felipe no le sentara la merienda.

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